Una Noche Cualquiera–Cuento

Una historia sin igual.

Estaba postrado sobre la barra. Me sentía muy agobiado porque el día de ayer fue mi exhausto; lleno de lavados, secados y rellenados una y otra vez. Ayer fue sin duda uno de los días más ajetreados del bar.

Hoy no sabía qué iba a suceder. El restorán todavía no había abierto, entonces esperé con paciencia a ver lo que ocurriría. Después de echarme una siesta me despertó una “fuente” de cerveza, que el mesero había servido dentro de mí hasta casi llenarme. Escuchaba atentamente la conversación de las dos personas mientras una de ellas me agarraba y soltaba mientras bebía mi contenido.
—Más te vale que no llegues tarde hoy–decía la señora elegante–, la pequeña está esperando ansiosa por su padre.

—Le juro que no le fallaré, señora Rodríguez–replicaba el joven–. Estaré en la entrada a las 5 y media de la tarde.

—Eso espero. Hasta ahora ha cumplido muy bien su cometido. Si sigue así por el próximo mes podremos devolverle la custodia de su hija.

—¡No sabe cuánta alegría me daría eso!

Justo después de esas palabras el mesero me recogió del brazo y me llevó al fregadero. Después de quedar como nuevo sirvieron dentro de mí un poco de vodka y hielos y me llevaron a otra mesa junto con un Sprite y un corte New York sin hueso. Cuando llegamos sirvieron la lata de Sprite en mi interior y me llenó casi al tope. Escuché la siguiente conversación ahora con más atención, pues los dos hombres con gabardinas y sus dos mujeres con grandes escotes (que denotaban sus grandes-y a simple vista operados-senos) eran muy llamativos como para ignorar. La gordita de vestido corto rojo fue la que me recibió.
—Llegó la hora de que me entregues el dinero, Juan–decía el hombre fortachón de gabardina, sentado a un lado de la gordita.

—Le juro que se lo consigo mañana, Don Carlos–decía Juan, de gabardina y flacucho, con nervios–Ya sabe que ese día es quincena. ¡Hasta le puedo comprar más! 

—Eso espero. Sino ya no hay más para ti.

El hombre flacucho se levanta para ir al baño. Su mujer, la flaca (tirando a anoréxica) de vestido de azul, replica hacia sus acompañantes.
—No sea tan patán, Don Carlos. Usted sabe que, además de ser su cliente favorito, también es su amigo. Sino no nos hubiera invitado a cenar para hablar del tema.

—¡Nadie le dice patán a mi hombre, flacucha!–grita la gorda. 

Acto seguido le avienta a la vestido azul el vodka que yo traía adentro y se va junto con “su hombre”. Después de aquél drama me retiran de la mesa. 
Después de otro delicioso lavado me llevan a otra mesa. Esta vez sirven algo mucho más refrescante en mi panza: agua. Me encantaba que me caiga agua con hielo porque es pura y cristalina, por lo que ningún colorante me tapa la visión y sólo me agarran de vez en cuando para tomarla, la disfrutan. La mesa que me tocaba ahora era una grande con varios niños y cuatro adultos cuidándolos. Tenía mucho miedo porque mis amigos decían que ahí es donde los de nuestra especie sufren toda clase de accidentes, algunos de los cuales resultan en la muerte.
Estaba tembloroso. Esta vez no pude enfocarme en ninguna conversación porque todos hablaban fuerte y de diferentes cosas. Los adultos que si de la música, de la fiesta de Carlitos o del partido de la televisión. Los niños estaban más bien haciendo monólogos sobre dragones, robots, cachorros, o cualquier otra fantasía estúpida que se les viniera a la mente. De pronto sentí como el niño que me tenía enfrente decidió agarrarme con sus manos llenas de mantequilla con la que había jugado. Sabía que eso no era una buena señal. Recé y recé, empecé a recordar todos esos días; desde que me fabricaron y me transportaron hasta el día que choqué con ese otro vaso rojo que me robó el corazón. Yo era de cristal, por lo que sabía que si caía sería un vaso roto imposible de reponer. 
Recuerdo cómo fue perfectamente. El pequeño se sorprendió y me soltó, mientras que yo solamente caía con lentitud hacia el suelo. Así fue como sucedió mi inevitable muerte, y supe que la vida de los vasos como yo no está dispuesta a durar mucho.
Por Santiago Guerra

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