Un calcetín y la noche–cuento

Una fría historia de amor.

El reloj marcaba las 12 y media. Dos amantes habían consumado su amor. El viento soplaba con una furia ensordecedora. Dos corazones rotos. La luna iluminaba la oscura noche. Objetos derramados por todas partes. Sólo quedaban un calzón y un calcetín.

Sonaba el despertador: eran las 7 de la mañana y Alejandra apenas se había despertado. “Ojalá hoy encuentre al amor de mi vida” ese el pensamiento estaba presente en la mente de la oji-verde cada mañana, al momento de abrir sus ojos y ver el cielo. Lo que no sabía era que el amor nunca es para siempre, y el suyo, por desgracia, duraría poco.

En ese preciso instante Manuel acababa su café matutino. Después de subir a su coche y llegar al trabajo tuvo el mismo pensamiento en la cabeza al de todos los días: “Jamás encontraré a la mujer de mis sueños”. Nunca digas jamás, Manuel. Nunca.

Estos dos tuvieron un día ajetreado; Alejandra llegaba tarde a sus clases de arte, quedó castigada en el salón y para cuando hubo salido ya eran la 1 y media de la tarde, una hora más tarde de la que se suponía se vería con su madre (a quién hace tanto no veía); Manuel había estado trabajando, preocupado porque su padre estaba muy grave en el hospital y no pudo concentrarse en su trabajo, y debió salir temprano (aproximadamente a la 1 y 15 de la tarde, si no antes). Quién diría que un dígito mal marcado pudiera hacer maravillas:
—¿Quién habla?—decía Manuel con voz pausada.
—¡Qué tonta soy!—exclamaba Alejandra—¿Cómo es posible que haya marcado de forma incorrecta justo cuando sólo tenía una moneda? Mire, joven, yo necesito hacer esta llamada con mucha urgencia. ¿Cree que pueda llegar al “Jobs” de la calle 27 antes de las 2? Se lo agradecería bastante…
—Mire, señora: no sé quién es, pero se oye muy amable y gentil. Le ayudaré. Usted no se preocupe. Yo llegaré bastante rápido.

Eran las 5 y media de la tarde. Alejandra estaba muy bien vestida para la ocasión. Su madre estaba a punto de subirse a un avión cuando de pronto la vio. Después de hablar con ella y darle una noticia muy fea, ella se fue corriendo al hospital.

El reloj daba las 2 y Manuel llegó justo en ese instante. Como no supo quién era la mujer a la cual buscaba se puso a saludar a todas las personas hasta reconocer la dulce y cautivadora voz.
—¡Hasta que te encuentro!—expresaba nuestra rubia protagonista—¡Vámonos ya! , ¡No hay tiempo que perder!
La mujer se subió rápido en su automóvil y ambos se apresuraron hacia su apartamento, donde Alejandra iba a ver a su madre. Cuando entraron, la puerta estaba abierta, pero todo estaba en su lugar. Lo único que se encontraba en la mesa era una carta: “Es importante que hablemos, hija mía. Mi vuelo sale a las 6 de la tarde, espero me puedas alcanzar. Te quiere, tu madre”.

Alejandra estaba muy ansiosa. Eran las tres de la tarde y estaba conversando con Manuel en un restaurante francés. ¿Cómo sucedió esto? Bueno, pues Manuel vio muy nerviosa a Alejandra y esta se puso a llorar, luego él le dijo que la invitaría a comer al lugar donde ella prefiriese. Así fue como llegaron a comer juntos. Pero volviendo a nuestro asunto, la conversación iba más o menos así:
—No puedo creerlo—decía Alejandra, con rabia—esa mujer sólo me busca para darme malas noticias: “Te abandoné” ,“Gloria no es tu madre, soy yo” , “Eres producto de un pecado, por eso te dejé”…
—No te preocupes—decía Manuel, mientras le daba la mano para confortarla— ella no es tu madre: la madre es la que estuvo cuando diste tus primeros pasos, cuando dijiste tus primeras palabras, la que te contaba cuentos hasta que te quedaras dormida, la que te abrazaba cada que lo necesitaras. En lo que mi opinión concierne, la genética no es importante, lo valioso es el cariño.
—No puedo dejar de pensar para qué me querrá ver ahora, pero tu comentario me hace sentir mejor—decía ella, con una sonrisa, la cual no enseñaba a menudo.

Eran las cuatro y media. Los dos se miraban con fervor, se sonreían con alegría, se bromeaban como niños. Todo fue perfecto hasta que Manuel vio su reloj y se encaminaron hacia el aeropuerto.

A las 5 y 15, cuando hubieron llegado, hubo un corto diálogo:
—¡La pasé increíble hoy!—decía Manuel con una sonrisa— Te extrañaré.
—Sabes que cuando quieras me puedes venir a visitar—expresaba Alejandra.
Después de guiñarle el ojo ambos se despidieron de lejos con la mano. Él le mandó un beso. Ella la agarró con la mano y la puso en su mejilla.

Eran las 9 y 45 de la noche. Alejandra iba a conocer a su padre biológico. Para la sorpresa de ambos, Manuel también se encontraba allí.
—Ahora entiendo todo—decía ella—él, nuestro padre, tuvo una amante, mi madre. A ti te conservaron porque claro, eres el hijo legítimo. Pero a mi en cambio me dejaron con la criada. Eso fue lo que mi madre me vino a decir.
—Lamento oír eso—decía él—pero yo sentí algo muy especial por ti y no voy a dejar que eso me separe de ti. Me gustas, me gustas mucho. Y ya te dije: para mí la sangre no significa nada.

Los dos se besaron de manera apasionada y se quedaron de ver en un cuarto de hotel. Cuando el reloj dio las once, ellos empezaron a hacer el amor en la cama de aquél cuarto nauseabundo. Después de una hora de extrema pasión los dos amantes estaban exhaustos. Él se quedó dormido luego luego, pero ella no podía consumar el sueño. Cuando hubieron dado las 12 con 20 minutos ella escribió una nota, recogió su calzón y al salir por la ventana se le olvidó recoger el calcetín de su pie izquierdo.

Eran las 10 y media de la mañana del siguiente día. Él había despertado de manera relajada. Pensó que su amante se encontraba a su izquierda, pero al mirar que había desaparecido leyó la nota al pié de la cama: “Perdón, Manuel, pero esto no puede ser. Es demasiado enfermo para mí. Jamás podré vivir tranquila y feliz sabiendo que eres mi hermano. Por mucho que te quiera no puedo negar la verdad. Esto es imposible. Te extrañaré siempre, Alejandra”.

Eran las 9 y media de la mañana del segundo día después de que los amantes se conocieron. Él seguía en Nueva York, ella vivía ahora en Ottawa. Él escribiendo poesía trágica, ella tocando baladas en el piano. Él tenía colgado el calcetín de ella en su corcho, ella marcaba a cada rato a su celular y dejaba que sonara el buzón para escucharlo hablar. Los dos despertaban pensando otra cosa (distinta a la anterior pero los dos pensaban ahora lo mismo): “Ya encontré el amor. Mi único deseo por el momento es volver a estar con él/ella”.

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