“Atrapado sin salida”–reseña 

El clásico del Oscar nos demuestra una comedia con tonalidades de drama y una metáfora sobre la anarquía.

Una institución sirve para establecer un régimen, dar un servicio y ayudar a la integración de una sociedad.

Cuando se inventa una organización del tipo se hace para el bien común de la ciudad: las escuelas educan a los jóvenes con cuestiones básicas y con valores; los bancos se usan para administrar y guardar el dinero; la policía sirve para dar seguridad a un pueblo… Suena muy lindo, ¿no creen?

Así, nos han enseñado en las civilizaciones, se realizan lugares con bienestar y sin problemas. Pero, si nosotros estamos cimentados bajo estas organizaciones, ¿por qué no son perfectas? Porque, para ser una sociedad perfecta se necesitan instituciones honestas, responsables, justas y limpias de pecado.

Este, como ya saben la mayoría de los habitantes de este planeta, no es el caso: hay robo, corrupción, irresponsabilidad, ineficiencia y otros muchos defectos en las organizaciones. Es una utopía para nosotros un sistema perfecto. Y, cuando parece serlo, siempre existe alguien revolucionario, dispuesto a descomponerlo o a demostrar su verdadera cara.

En “Atrapados Sin Salida”, la extraordinaria, divertida, impactante y desenfrenada ganadora del Oscar en 1975, se dan estos temas. ¿Qué pasa cuando un líder no es parte de una institución?

Justamente es lo que trata de hacer Mcmurphy (con una interpretación maravillosa de Jack Nicholson): romper ese sistema, jugando con él como si los encargados del hospital psiquiátrico fueran sus juguetes y él un niño lleno de imaginación. Mcmurphy representa al pueblo, y la enfermera Ratched representa al gobierno; a mi forma de verlo, es un choque de fuerzas representando los defectos de la anarquía y los puntos débiles de los “países organizados”.

Esos aspectos, además de la gran cantidad de humor, corazón (tal vez le falte un poco de este aspecto por la actitud sombría de el protagonista y su enemiga, pero todos los demás personajes me parecen entrañables) y suspenso de esta historia (¿quién ganará, el paciente o la enfermera?) convierten al filme en un clásico.

Pero esta no sería nada sin su creativo guión, sus intrépidos personajes y sin el grandioso Jack Nicholson. Sin duda alguna, el actor se roba todas las escenas, interpretando a un criminal con temperamento agresivo y volátil comandado a un séquito de locos (aunque, te deja con la duda: ¿quiénes lo son más, ellos o él?).

Su némesis (Louise Fletcher) también lo hace bien, pero su papel es muy serio y rígido (además de breve) y se opaca con el amplio carisma y la excesiva energía de su contraparte.
Este largometraje nos hace un grave cuestionamiento acerca del significado de un gobierno, un pueblo, y una institución. A pesar de haber pasado más de 25 años, el tema del relato sigue muy vigente en nuestros días, y seguirá siendo así mientras las instituciones existan.

Una metáfora muy bien realizada, dirigida, escrita y actuada. Una joya del cine norteamericano.

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