La Búsqueda del Jamás Encontrar.

Me encontraba en la sala de televisión. Un olor había percatado mis sentidos. Era la mañana, y como de costumbre iba a observar ese objeto, siempre a un lado de mi buró. Por sorpresa, la cosa que buscaba no estaba allí. Me entró la desesperación; no lo encontraba por ningún lado: ni debajo de la cama, ni debajo de las sábanas, ni detrás del sillón. En ese instante me percaté de algo: mi hermano tampoco se encontraba en casa. “¿Se lo habrá llevado él?” me preguntaba. “No creo, seguro me hubiera avisado”. De pronto me viene a la cabeza la inquietante idea de entrar a su cuarto. Jamás había tenido la necesidad de ingresar allí, y mi mente no dejaba de fastidiarme con la absurda imagen de que él lo tuviera.

Cuando entré vi todo en su lugar: el trofeo de fútbol, las estampillas de Lionel Messi y Michael Jordan, las fotografías de sus amigos, la cama bien tendida y de color azul, las playeras de la selección mexicana autografiadas y los cuadros de niños jugando colgados en las inmensas paredes blancas. Todo iba muy bien, hasta que vi un armario, causándome una extrema curiosidad (siempre me han cautivado los lugares cerrados y ocultos; el misterio siempre me demanda a hacer locuras). Traté de abrirlo, pero la perilla estaba asegurada y no era un ladrón experto como para saber cómo abrir puertas de maneras drásticas y experimentadas. De pronto comenzó a temblar y el trofeo de fútbol cayó al suelo. De este elemento cayó una llave y decidí agarrarla. Traté de abrir la cerradura con ella y efectivamente funcionó.

Cuando entré al armario no pude creerlo; todas mis fantasías y curiosidades habían desaparecido, jamás creí encontrar ahí varias cosas supuestamente perdidas: la sonaja que brilla en la oscuridad de cuando tenía 2 años, mi muñeco de acción de Superman con de cuando jugaba a los 4, la cámara con la cual paseaba de sala en sala tomando fotografías a los 7, los autos de carreras a los 10 y muchas otras cosas. Pero por el momento lo único que me interesaba recuperar era esto: mi libro de “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez.

Traté de salir de la habitación con velocidad, pero de pronto escuché unos pasos y me volví a meter al armario. Eran mi hermano y una mujer conversando:
-¡Suéltame, suéltame!- replicaba la mujer
-Lo siento, pero eres mi primera pieza humana en mi colección objetos robados

De pronto abre el armario y mete a la mujer y cuando él me observa me dice:
-Nunca debiste haber descubierto mi enfermedad.
Cuando desperté estaba encadenado y amordazado. Desde ese momento supe que jamás saldría de ahí estando con vida.

Por Santiago Guerra

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